En muchos casos, la compra o el interés por un SUV responde más a cuestiones estéticas y de aparente sensación de seguridad, que a las verdaderas necesidades de conducir fuera del asfalto. Sin embargo, hay bastantes ventajas para aquellos que quieran usar estos vehículos dentro y fuera del asfalto.
Por este motivo, hemos enfrentado a dos de los SUV más actuales del segmento, con ligeros matices que los diferencian:
Comportamiento:
El Freelander 2
ha experimentado una clara mejora respecto a su modelo anterior, sobre
todo cualitativamente. De hecho, se trata de un vehículo que hace honor
a la marca 'Land Rover', ya que cumple –con gran acierto- las
expectativas fuera del asfalto.
En vías rápidas, el Freelander permite rodar a velocidades elevadas con una estabilidad lineal muy notable.
De suspensiones es cómodo, por sus largos recorridos, y la combinación
de neumáticos con bastante perfil. Pero, si salimos de las autopistas
para adentrarnos en vías de segundo orden, la cosa cambia.
La altura de la carrocería implica un mayor balanceo que en el Tiguan,
sobre todo a la hora de abordar curvas enlazadas. Es precisamente en
una conducción más alegre o en zonas viradas cuando el Freelander se
acerca más al comportamiento de un todo-terreno que al de un turismo.
La dirección es menos directa y precisa que la de su rival y las inercias son claramente más apreciables. Hay que tener en cuenta que en la báscula ha pesado 180 kg más que el Tiguan, lo que unido a un centro de gravedad más alto y a unos recorridos de suspensiones mayores, provoca que no resulte sobre asfalto tan eficaz como el VW.
Por el contrario, el modelo alemán está más cercano a un Golf que a un Touareg, en cuanto a comportamiento. En este sentido conviene recordar que este coche utiliza en su construcción la tecnología modular del Golf, el Passat y otros tantos modelos del grupo Volkswagen.
Se trata, por tanto, de un esquema de suspensión pensado para el
asfalto y adaptado para optimizar su rendimiento fuera de él. Tal como
hemos comentado anteriormente, el comportamiento del Tiguan por
carretera es notable, con una estabilidad superior a la de su rival.
El Tiguan de la prueba corresponde al acabado 'tope de gama', denominado '+Motion' que incluye, entre otros elementos, neumáticos de 235/50 R18 de medida (poco adecuados para conducción campera).
Una de las sorpresas de esta comparativa ha sido que, excepto obstáculos en los que sea imprescindible una importante altura libre al suelo, la gran mayoría de zonas podían ser superadas sin problemas por cualquiera de los dos modelos.
Las
subidas más duras se podían superar con un poco de técnica al volante,
y eso que en el Tiguan llevábamos unos neumáticos totalmente de
asfalto.
En las bajadas, el control de descenso del Freelander mejora al del Tiguan en efectividad, si bien con ambos se podía bajar sin problemas.
Con barro o zonas húmedas, los neumáticos del Freelander y sus diferentes programas de tracción, superarían al Tiguan.
Por tanto, fuera del asfalto ambos han respondido mucho mejor de lo que esperábamos, con una ligera ventaja para el modelo de Land Rover.
Motor y prestaciones:
El motor de 2,2 litros del Freelander supera en prestaciones al 2 litros del Tiguan.
De hecho, los 20 CV teóricos que hay de diferencia entre ambos, parecen
ser más, puesto que pese a los casi 200 kg de peso de más del
Freelander sobre el Tiguan, las prestaciones son mejores en el Land
Rover.
En este caso hemos enfrentado ambos modelos en versiones con cambio
automático de seis relaciones. En las inserciones de marchas, la transmisión del modelo germano se muestra más rápida, lo que también ocurre cuando se maneja en modo manual.
En cuanto a prestaciones, el Freelander es más rápido en todas las mediciones. Como contrapartida, todos los consumos son más elevados que en su rival con diferencias bastante abultadas, tal como se refleja, por ejemplo, en el consumo urbano.
En cuanto a la sonoridad y rumorosidad de los propulsores, lo tienen complicado para disimular su dependencia del gasóleo.
El Tiguan cuenta con un 2 litros TDI con inyección directa por conducto común, un avance que ha servido para disminuir la sonoridad y las vibraciones
con respecto al sistema de inyección por inyector-bomba, aunque todavía
tienen que ganar mucho en refinamiento para acercarse a los últimos
propulsores de gasolina. En el cuatro cilindros del Freelander destaca
el par disponible a bajo régimen, lo que permite que desde pocas
vueltas empuje con contundencia.
Vida a bordo
El Land Rover aventaja en lo relativo a a la habitabilidad a su rival. Las cotas de altura interior son similares, no así las de anchura, más reducidas en el Tiguan.
Tres pasajeros sentados en las plazas traseras del Tiguan irán apretados y, en este caso, el maletero podría resultar escaso.
Un
elemento muy interesante es la banqueta trasera con regulación
longitudinal, lo que permite adaptar a las necesidades puntuales, la
relación entre volumen de maletero y espacio para las piernas de los
pasajeros de las plazas traseras.
Si bien el acabado del Tiguan se corresponde con el tope de gama, en el caso del Freelander existen
todavía dos niveles más por encima, el SE y el HSE. Aún así, el
equipamiento es muy completo en esta versión, con elementos de serie
como el 'Terrain Response' –selección manual del programa electrónico de tracción-, o sensores de luz y lluvia, por citar algunos.
En el Tiguan, el equipamiento de la versión probada es aún más completo, con asientos con reglaje eléctrico y calefactables, y faros bixenón. En el puesto de conducción del Freelander vamos sentados a una altura más elevada que la habitual en un turismo, en el Tiguan apenas existen diferencias en este sentido. Además, los asientos nos han parecido más cómodos y con una mayor sujeción lateral.
Seguridad
En ambos, la nota es elevada. Y eso que
consideramos que, a igualdad de elementos de seguridad activa y pasiva,
los SUV no llegan a alcanzar el nivel de seguridad de una berlina
equivalente, con menor peso y un centro de gravedad más bajo.
En cualquier caso, estamos ante dos modelos de última generación en este sentido, con elementos de serie como los airbags de rodilla o el control de descenso de pendientes.
La ventaja de medio punto a favor del Tiguan se debe al comportamiento en carretera, con más aplomo en cualquier tipo de conducción. Otra de las diferencias que dan la ventaja en este apartado al Tiguan son los frenos. No sólo la distancia de detención es mejor, sino que por tacto y resistencia también lo supera.
Inversión
Siendo dos modelos de precios similares -no baratos precisamente- el Freelander se ve perjudicado por el reciente cambio impositivo derivado de las nueva normativa de emisiones de C02.
Mientras que el Tiguan se mantienen justo en los 199 gr/km y, por
tanto, en el 9,75 % del impuesto de matriculación, el Freelander, por
montar cambio automático y aumentar ligeramente las emisiones, pasa al
siguiente tramo de cotización, es decir, a un 14,75 por ciento.
Es
por ello que, respecto al Freelander con cambio manual, la diferencia
de precio asciende casi a 2.600 euros para el mismo nivel de
equipamiento.
Las opciones que se elijan en el Freelander CommandShift estarán
gravadas con un 14,75 por ciento en lugar del 9,75. En resumen, frente al Tiguan, el Freelander es menos competitivo con el cambio automático que con el manual.